Tour a Chernobyl: Parte II.

LOCALIZACIÓN.

Zona de exclusión. Ucrania.

TOUR A CHERNOBYL: PARTE II.

Es la hora de comer y nos trasladan a uno de los pocos hoteles que habitan dentro de la Zona de exclusión. El acceso al comedor nos obliga a pasar un nuevo control de radiación que superamos exitosamente. El comedor es de lo más humilde, parecido al de nuestros colegios en la infancia. Bandeja en mano, pasamos ordenadamente por un mostrador en el que un grupo de mujeres nos sirven los platos de lo que va a ser una “grata” muestra de la gastronomía local; una ensalada de remolacha, cebolla y pepino, un plato de sopa, algo parecido a una tortilla acompañada de un puré de patatas y de postre, una insulsa creppe rellena de una crema que no logramos identificar.

Nuestra siguiente visita pautada en la ruta, nos lleva ante unas majestuosas puertas de metal pintadas de un color verdoso y adornadas con las simbólicas estrellas comunistas. Atravesamos las puertas y, unos 20 minutos andando, nos sitúan ante los pies de un sistema de radar soviético llamado Buga. Se trata de un radar de medidas extravagantes; 150 metros de altura y 400 metros de largo, construido por el gobierno ruso durante la época de la guerra fría con el objetivo de interceptar los misiles que se acercaban al país des de la zona este de Europa.

En el intento de captar en una sola imagen la magnanimidad de tal estructura, Serhii nos cuenta la historia y las habladurías que se comentan entorno a este emplazamiento.

Seguidamente visitamos el interior del edificio des del cual se controlaba el radar Buga. Enmascarado en un edificio sencillo encuentro todo un paraíso que fotografiar… ¡Atentos!. No tiene desperdicio…

La séptima parada de nuestro tour nos asienta, una vez más, en un lateral de carretera y entramos en otra de las zonas boscosas en las que uno ya no sabe con que se va a sorprender. Andando a toda prisa, vemos a lo lejos una agrupación de pequeñitas casitas. ¡Nos topamos con un pintoresco camping! Un lugar para el ocio no muy alejado de la ciudad de Prípiat en el cual las familias humildes pasaban el verano. Sus coloridos bungalows destacan por un aspecto más bien infantil, caracterizado por diferentes tipos de animalitos cuidadosamente dibujados como adorno.

<El tour trascurre demasiado deprisa para mi gusto.Casi no puedo fotografiar el fascinante lugar que me rodea, ni ya digamos visitar el interior de los bungalows… y me vienen lagrimas a los ojos…  pero, ya llevamos más de 5 horas en la Zona de exclusión y toca repartirse y acomodarse en los distintos hoteles>.

Nuestra furgoneta se desvía del rumbo establecido y paramos en la parte trasera de la central nuclear. Allí encontramos una estación de tren, volvemos a pasar un control de radiación y subimos en él…  Durante un poco más de una hora de viaje, recibimos un impactante mensaje SMS que nos da la bienvenida a Rusia y nos indica el número de teléfono del Consulado Español en Moscú… Unos minutos más y, por fin, el tren para en la única estación que hemos visto pasar hasta ahora… Se trata de la pequeña ciudad de Slavutich, una joven ciudad construida para cobijar a todos los habitantes supervivientes que tuvieron que abandonar Prípiat, Chernobyl y sus adyacentes aldeas.

Nos acondicionamos en las bonitas y confortables habitaciones del hotel y salimos a dar un rápido paseo por la ciudad.

A  las 4:30 de la mañana suena el despertador. Nos arreglamos, recogemos nuestras pertenencias, desayunamos un bollo con jamón y queso, obviando el toxico zumo de frutos rojos. El tren de vuelta a la Zona de exclusión nos espera en el anden y, a pesar de la hora, está lleno de gente. La peculiaridad del trayecto de este tren son sus dos únicas paradas, un origen y un solo destino en el que se conectan Slavutich y la central nuclear de Chernobyl. Todos aquellos desconocidos que nos acompañan son en su mayoría los trabajadores que realizan el desmantelamiento y limpieza de la central.

Paramos en la parte trasera de esta junto al reactor 5. Encontramos más monumentos conmemorativos a los difuntos liquidadores del gran desastre nuclear. Rodeando por la derecha de la mítica central está el río Prípiat. A través del puente por el que cruzaba antiguamente el tren, podemos situarnos frente al agua y observar… Serhii saca de la mochila una barra de pan y damos de comer a los peces. Siluros de más de metro y medio comen trozos de pan del mismo tamaño que lo cortamos nosotros al poner la mesa… El agua no está contaminada pero sus sedimentos contienen altos niveles de isotopos de Cesio 137.Quizás este es el motivo del descomunal tamaño de los peces que habitan en él.

A las 10 de la mañana del sábado 15 de abril de 2017, nos postramos ante la histórica Central Nuclear. Con las pupilas dilatadas por la excitación de estar de pie frente a tan trascendental lugar, esperamos impacientes a que nos toque el turno para fotografiarnos ante la estructura que encierra el monstruo radiactivo. ¡Somos de los primeros turistas en ver ya finalizado el nuevo Sarcófago! Este deberá encerrar el deteriorado y antiguo sarcófago durante los próximos 100 años -si los datos no son erróneos-. Una estructura millonaria que dará a los científicos un amplio margen de tiempo para encontrar el modo de eliminar los residuos radiactivos que permanecen en su interior.

Delante la mismísima central el contador Gueiger marca 0.80 microsieverts/hora. (Niveles normales de radiación).

De vuelta a la furgoneta, esta vez sí, nos indican que vamos en dirección a Prípiat. Por lo que podemos observar, la más conocida Ciudad fantasma se encuentra especialmente vigilada y son los militares quienes abren las barreras que nos permiten entrar en el punto álgido de nuestro tour.

Unos kilómetros más allá del control, un gran cartel de letras blancas delimita el inicio de la ciudad y nos hacemos la foto de rigor con la mejor de nuestras sonrisas entre-nerviosas…

Para el glorioso momento, Serhii invita a quien quiera del grupo a sentarse en la parte delantera de la furgoneta… Nadie parece interesado, así que ofrezco mi candidatura para tan distinguido puesto y me coloco rápidamente como copiloto del “simpático” conductor que nos acompaña.

…¡Y empieza el show por el que todos allí hemos venido! … Cámara en mano, boquiabiertos, callados, estupefactos… Kilómetro tras kilómetro, los edificios no dejan de aparecer uno tras otro, tras otro, tras otro. La sensación es indescriptible… Los edificios son más altos de lo que esperaba, la ciudad es muchísimo más grande de lo que había soñado, la vegetación ha penetrado en el asfalto más de lo que imaginaba…

Esta parte del tour nos permite recorrer durante 4 horas la conocida como Ciudad fantasma… ¡Apodo que le hace justicia, ciertamente!

Andamos por las calles silenciosas, paramos ante un antiguo y curioso monumento comunista apodado ‘el árbol de las naciones amigas’, seguimos avanzando y a nuestra derecha frente a un edificio se halla una oxidada camilla de hospital… Los jóvenes del grupo (claramente sin hijos) la desconocen, pero las chicas reconocemos ágilmente que se trata de la típica camilla de las consultas de ginecología y/o paritorios.

A pocos metros tomo cuatro u cinco fotografías de una preciosa cabina telefónica de llamativo colorido…

 

Tomo cinco u seis fotografías más en un pequeño invernadero de bonitas ventanas…

Dos fotografías más a las pequeñas ramas de un arbusto como prueba irrefutable de que la vegetación renace cada primavera en Chernobyl…Otras dos fotografías a los curiosos arboles… Un cambio de objetivo y, otra fotografía en las singulares y extrañas bolas de musgo que se forman a lo alto de algunos arboles parecidas a las que colgamos en el árbol de navidad.

El grupo empieza a impacientarse por la lentitud de nuestros pasos, su enfado se aprecia en sus semblantes molestos y, Serhii se ve obligado por las circunstancias a casi arrastrarnos a cada nuevo edificio por visitar. Sin mucho éxito, cabe decir.

A los pocos minutos, veo al grupo revoloteando emocionado al lado de unos ventanales. Me acerco, me pongo de puntillas, saco la cabeza por una de esas ventanas rotas y me embriaga el éxtasis… Se trata del aula de una escuela prácticamente intacta; con sus pupitres y sillitas a conjunto, con sus libros aún encima de las mesas… ¡Incluso se conserva un inteligible escrito en la pizarra de tiza!.

Como ovejas siguiendo el rebaño, la octava visita nos desliza a un pequeño puerto. Vemos una antigua maquina de café, el guía nos obsequia con una moneda de la época y nos sorprendemos de la belleza natural de un paisaje que no parece radiactivo.

Nos podríamos relajar si no fuere porque el contador que llevamos aferrado al impermeable, no nos lo permite.

Uno de los momentos imborrables de este viaje ocurre justo al salir del puerto… Estamos de nuevo lejos del grupo. Nos hemos parado a fotografiar un insignificante poste rodeado con un hilo de cobre cuando, de improvisto, se alza una ráfaga de aire y el contador pasa de rugir suavemente a pitar desesperado… ¡Que indescriptible y espeluznante instante! Sabemos que este golpe de viento fresco y aparentemente puro, trae consigo altos niveles de radiación… Y uno no sabe como reaccionar o que debe hacer, si echar a correr o no, y si decides correr, hacia donde debes ir o donde puedes esconderte.

Unos 150 minutos después llegamos al centro de Prípiat. Vagabundeamos por las calles principales, vemos el palacio de la cultura, el restaurante, un hotel precedido por el logotipo de la radiación llamado ‘Polissya’, el cine, el supermercado y la plaza mayor, todo ello carcomido por la naturaleza pero de exuberante belleza.

Unos espigados arboles se anteponen y esconden al más conocido monumento de la Zona de exclusión. Cruzamos la arboleda y aparecen a la izquierda los autos de choque seguidos por un tiovivo de sillas giratorias y a lo lejos, reposa la suntuosa noria.

¡Todos dedicamos una atención especial a la zona !. ¡Esta lo merece!. No es momento de detalladas descripciones con palabras escritas, las imágenes se expresan por si mismas.

Continuará…

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